De chance que vio ahí. Sin saber que hacer, sin sospechar de la curiosa disposición de esa piedra
tan lisa, tan cuidada, a la que las enredaderas parecieron esquivar. El trovador, te diría su nombre
pero él no se lo sabía, entonces ¿para qué decirte? Había caminado por lo menos siete horas. Ignoró el temblor agotado de las juntas inferiores, y estuvo a punto de voltear para buscar el monte Taraijú (una quimera, aunque no estuviera en el bosque, el monte se habría perdido de su rango de visión haría tres o cuatro horas). Pero como respondiéndole a su ocurrencia, por allá adelante pasando ese árbol particularmente masivo y cubierto de enredaderas acaso igual de viejas que el trovador, un aquelarre de tordos, que como bien sabés, tronaron todos. Ante los ojos del trovador, que se preguntaba si había oído tordos en el pasado, el foro de notables tordos pareció moverse organizadamente. Todo parecía indicar que a él le tocaba ese asiento, algo en las posturas de ellos, algo en sus miradas, que saltaban (o parecían saltar) de él a la piedra, a un tordo cercano, a él nuevamente, a otro tordo, nuevamente a la piedra y al trovador, y así.
¿Te hubieras sentado vos? Poca gente conoce la sensación de caminar tanto tiempo de corrido habiendo tomado
agua únicamente. Sospechó que su mareo venía del hambre y el cansancio. Rio ante la idea de estar siendo
manipulado por el torderío. Pero vamos. Al menos puedo asegurarte que desde su perspectiva la decisión parecía
estar tomada de antemano.
La gravedad lo aplastó contra ese trono, y se quedó mirando el cenit durante lo que vivió como un día. Entonces se reincorporó, y ahí estaban, atentas a él. Como andaluces expectantes por las alegrías de Camarón. Por un momento creyó ver en el tornasol del que tenía más cerca una masa magenta y púrpura con un leve eco de la silueta de Amira. Notarlo lo paralizó brevemente, quedando su visión clavada en el horizonte que se tapaba con la arboleda infinita. Al volver en sí, rápidamente volvió al ave, pero no la encontró ni más ni menos majestuosa que sus compañeras, y de Amira ni noticia.
Fugazmente jugó a que en el tornasol de todas ellas se encontraba la caminante Amira.
Admiró tanto. Las chances las admiró, el recuerdo de esa mujer que se le escapaba entre los dedos, derramándose como una ofrenda a la Madrita Querida. Tantos años admiró a esa mujer de la que sólo quedaban neblinas de presencia, acaso una sospecha de su nombre… La recordó incluso después del golpe que le dio el soldado berebere. Luego de esa vez olvidó tantas cosas… incluso de ciertas palabras sus consonantes, de su propio rostro que desde entonces adivinaba en charcos de agua o de aceite o de residuos misteriosos. Olvidó tanto que lo vivía como haberlo olvidado todo. Pero nunca conseguía ver un rincón que no le hablase de Amira. Estas ideas le hicieron sentir el punzón nuevamente, acá, cerca de la oreja izquierda. Se mareó mucho después de la ola de dolor, y de pronto se sentía como al pie del bosque, siete horas más temprano, a orillas del monte Taraijú.
La confusión fue interrumpida por una náusea muy fuerte, pero ya se había habituado luego de tantos años. “¿Se llamaría Amira?” Pensó entonces. No le divertía la idea pero se sentía impelido a considerarla porque tantas cosas olvidó que por momentos se perturbaba pensando que el continente del que creía venir posiblemente se llamara distinto del nombre que todos le decían al verlo señalar en los folletos raídos con diversas proyecciones a lo Mercator. Táduba, algo así creía escuchar. Pero yo no vengo de Táduba. Pocas veces se cruzó con andadores que hablaban su clase de castellano, y tristemente el más prometedor se alejó de él a toda velocidad. Para desconcierto de él… Yo tanto quisiera poder decirle que huyó de él porque era un delincuente a la fuga. Pero al trovador se le hizo como que padecía una peste incurable, se aguantó el impulso de tocarse el rostro para corroborar que todo estaba en su lugar. Para qué si no sabía cuál era el lugar de qué. El único lugar que añoraba era… “¿Ché acaso Amira sea…?”. No terminó el pensamiento… Verán, en el río de la plata la gente es team Freud. Pero a su vez, tenía una certeza de que esa mujer era la hermana mayor de Leíto.
“¡¿Leíto?!” su mirada reflejó el grito que sonó en su cráneo. Sólo entonces volvió a los tordos, que parecieron escucharlo. Entonces era una situación demasiado demandante. Él apenas comía, y en las últimas semanas consiguió menos. Una mano lo tomó por la muñeca derecha, pero no encontró nada. Sólo su muñeca, tan pegada al brazo como cualquier día. Nuevamente su mirada llovió al cenit, que empezaba su degradé de obertura y prometía estrellas. Escuchó nuevamente el tronar de tordos, pero ya no tenía fuerzas.
Volvió Táduba al rumor entre sus labios. Algo en él le decía que cuando era chico las líneas del mar estaban en otras partes, mientras comparaba mentalmente los mapas de los locales con lo que él creía recordar. No le parecía que fuera su mapa de siempre. “O tal vez aquí lo licúan para otro lado, acaso necesiten ningunear a otros pueblos”. Todo era posible, desde que los ex emperadores intentaron borrar a los persas, los amigos de AhuraMazda, desde que intervino, el mundo se comportó de mil maneras, que muchas veces asustaron a los habitantes, pero que casi nunca significó un detrimento a sus vidas. “Acaso la mar ascendió, no sería lo único que ascendió” balbuceó quedándose dormido.